El tiempo en tus brazos era etéreo.
El humo en tus labios eterno.
Y el silencio, el más cómodo que pude tener jamás.
Me gustabas tanto que cambié planes por estar contigo.
Me gustabas tanto que olvidé tus defectos, aun así fuesen muchísimos.
Me gustabas tanto que no me importa verte despertar en las mañanas despeinado.
Me gustabas tanto que no me molestaba los pequeños ronquidos al anochecer.
Me gustabas tanto que me gustaba tu egocentrísmo.
Me gustabas tanto que no me importaba tu egoísmo.
Te admiraba tanto por esa forma de querer tan única.
Me gustabas tanto por el amor propio que te sueles tener.
Me gustaba tanto la sonrisa retorcida de tus labios.
Te quería tanto que nada me importó.
Me gustabas tanto que no me importó con cuántas otras mujeres habías estado.
Me gustabas tanto que dejé de quererme a mi, por quererte a ti.
Me gustabas tanto que los días se me pasaban volando, pensándote.
Me gustabas tanto que tu risa se volvió mi melodía ese mes.
Me gustabas tanto que te idealicé demasiado.
Me gustas tanto aunque puedas seguir sin mi.
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